La mentira como costumbre




Como concejal de Elda y vecina de estas calles, me duele ver cómo a veces se intenta maquillar lo que la piedra y el fuego ya dejaron escrito hace tiempo. No puedo evitar sentir cierta tristeza cuando escucho entrevistas, como la de la Intercomarcal, donde se pasa de puntillas y se miente deliberadamente a los ciudadanos en un intento de auto blanqueo que no es digno de un alcalde, sobre lo que ocurrió aquel 21 de julio de 1936.
Aquel día, la Iglesia de Santa Ana no se vino abajo por el peso de los años ni por falta de mantenimiento. No se cayó sola. A Santa Ana la quemaron. Fue un incendio provocado que nos arrancó de cuajo retablos, imágenes y, lo que es peor, la memoria escrita de nuestros antepasados en los archivos parroquiales. Las llamas fueron tan feroces que hicieron que la cúpula y las bóvedas colapsaran; ese es el dato real, el que vieron nuestros abuelos y el que no admite interpretaciones.
Ver a un alcalde intentando sugerir que el templo simplemente se cayó  es, francamente, faltarle al respeto a nuestra historia. Los que queremos a Elda sabemos que la honestidad es la base de cualquier servicio público. No se puede liderar una ciudad ocultando sus cicatrices para blanquear a su partido político. 

Para admirar la fuerza con la que los eldenses levantaron de nuevo esas dos torres que hoy definen nuestro perfil, primero hay que ser valientes y reconocer por qué y como  desaparecieron las originales. 

Más allá de bandos, en los que este post no entra, la historia, con todo su peso y su verdad, es lo único que nos permite entender quiénes somos. Negar el fuego no borra lo que pasó; solo nos hace caminar más ciegos por nuestras propias plazas.

Lamentable.

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