DEL RUIDO MEDIÁTICO


Si le diera publicidad a este blog, probablemente no escribiría lo que voy a escribir ahora. Pero no lo leerán más de cuatro. Así, que lo escribo. 

Surge después de ver en una página, una reflexión parecida acerca de la polarización,del ataque gratuito de alguien que se presenta para hacer algo. Una reflexión con la que estoy totalmente de acuerdo.
Hasta hace tres años, mi vida transcurría en el silencio relativo de mi terraza, un libro entre las manos y la distancia prudencial que siempre mantuve con la primera línea política. Nunca me imaginé aquí, siendo política escribiendo no un informe, sino algo que parece una confesión.

Llevo meses queriendo escribir esto. No para quejarme, Dios me libre de caer en ese pozo victimista que tanto detesto. Sino porque creo que estamos perdiendo algo esencial en el camino, y si no lo nombramos, terminará por devorarnos.

La polarización no es solo un concepto que analizan los sociólogos en los periódicos. Es una sustancia que se cuela por las rendijas de las casas. La vivo cada día en el ayuntamiento, en el Pleno, en la calle, pero sobre todo, en ese espacio que nunca pedí habitar: las redes sociales.

Confieso algo que en política suena casi a herejía: no me gustan las redes. No me gusta su ritmo, no me gusta la inmediatez, no me gusta la violencia líquida que las atraviesa.

 Nunca fui de esas personas que necesitan compartir cada instante. Me gusta la conversación pausada, el mirar a los ojos, el disenso que no rompe el vínculo. Pero hoy, por diversas causas, si estás en política, las redes son el nuevo ágora, aunque ese ágora esté llena de gente que no viene a dialogar, sino a dejar su piedra.

Y entonces ocurre lo que me obsesiona: de repente, eres el blanco de acusaciones sobre cosas que no has hecho,  palabras que no has dicho, sobre intenciones que nunca tuviste, sobre pactos que no existen. Te llaman de todo. Te desposeen de tu relato. Y tu primer impulso, el humano, el que me brota de las entrañas, es saltar, explicar, demostrar. “No es cierto”, “yo nunca dije eso”, “ demuéstralo”, “mira el expediente, mira la moción, mira mi mano levantada en contra”.

Pero he aprendido algo, y me ha costado sangre, sudor y noches sin dormir: no se puede rebatir todo. Si lo intentas, te conviertes en eco de aquello que te daña. Te consumes en el ruido y dejas de hacer lo que viniste a hacer. Aprendes que la política hoy exige una fortaleza mental que no te prepara ningún manual. Tienes que desarrollar una musculatura psicológica para distinguir entre lo que merece tu respuesta y lo que merece tu silencio. Y el silencio, para alguien que viene del mundo de la explicación, es lo más incómodo que existe.

Porque hay algo extraño, y lo digo con la honestidad de quien nunca fue política antes: es desconcertante saber que hay cientos de personas hablando de ti, juzgando tu ausencia de respuesta como si fuera un síntoma de culpabilidad o de debilidad, cuando en realidad es un acto de supervivencia y, paradójicamente, de oficio. 

No puedo andar detrás de cada tuit, de cada comentario, de cada mentira que rueda por los grupos. Si lo hiciera, no me quedaría tiempo para lo único que me trajo hasta aquí: intentar cambiar las cosas.

Y esto me lleva al fondo de la cuestión. A veces, cuando salgo del ayuntamiento después de un pleno bronco, camino hasta la Plaza Mayor, me pierdo por el centro, y me acuerdo de mi casa, de esa paz que dejé en pausa. Y sí, me pregunto por qué sigo. No es por ambición, porque la ambición no se esconde en el escrutinio público y en el sueldo de concejal (200€ al mes más que siendo anónima) de la oposición. Es por algo más hondo.

Uno se mete en esto porque un día decide que no puede seguir siendo espectadora. Que lo que ocurre en su ciudad, en su calle, en la educación de sus hijos o en las políticas sociales que se deciden en una mesa, no puede quedar solo en una conversación de cena. Que hay que mojarse. Y una vez que te mojas, ya no hay vuelta atrás. No puedes abandonar porque entonces el ruido, los que te acusaban sin razón, los que confunden el insulto con el argumento, se quedan con el territorio. Y eso sería la derrota verdadera.

Así que aquí estoy. Aprendiendo a soltar. A dejar que algunas cosas ocurran sin que mi ego necesite aparecer a ponerles una etiqueta. A entender que la política no es solo lo que se vota en el pleno, sino también esta capacidad de mantenerse centrada mentalmente cuando todo empuja a perder los papeles. A cultivar una pobreza interior que es en realidad riqueza: desprenderme de la necesidad de tener razón en cada esquina para conservar la energía para tenerla en lo que de verdad importa.

A veces pienso que estamos viviendo una paradoja: nos creemos hiperconectados, pero nunca hemos estado más solos en nuestra capacidad de escuchar. Las redes nos han dado un megáfono, pero nos han quitado el oído. Y en política, sin oído, solo queda el grito.

Mi propuesta, la que intento vivir cada día aunque me tiemblen las piernas, es otra: seguir trabajando sin esperar el aplauso. Seguir votando con conciencia aunque se me acuse de lo contrario. Seguir tendiendo puentes aunque desde el otro lado solo lancen piedras. Y sobre todo, no convertirme en lo que critico.

Si he llegado hasta aquí, no es por mí. Es por mi familia, porque hay una ciudad que quiero, hay una gente que me mira y que merece que no nos perdamos en el ruido. Y porque en algún momento, alguien tendrá que demostrar que se puede hacer política de otra manera. Sin espectáculo. Con la cabeza fría y el corazón caliente.

Así que seguiré. No rebatiré cada mentira, pero tampoco callaré lo esencial. Dejaré que pase el temporal, con la confianza de que quien quiera ver con claridad, sabrá distinguir entre quien trabaja y quien solo hace ruido. Y si al final de este camino me encuentro con que no he logrado todo por lo que trabajé, al menos tendré la paz de no haberme traicionado.

No sé si este texto es un lamento o un manifiesto. Tal vez es solo la forma que tiene una política recién llegada, en la oposición, en una ciudad pequeña, de poner palabras a lo que muchos sentimos pero no decimos.

Los nuevos políticos que queremos cambiar las cosas estamos aprendiendo a ser fuertes en un ecosistema diseñado para rompernos. Y eso, creedme, es una forma de resistencia.

Gracias por leer hasta aquí. Ahora, a seguir. Que Elda no se va a construir sola.

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